Ícaro es el protagonista de uno de los mitos griegos más cautivadores sobre los límites de la ambición humana; tras quedar prisionero en la isla de Creta junto a su padre, el brillante inventor Dédalo, ambos planearon un escape audaz fabricando unas alas de plumas unidas con hilo y cera. A pesar de las estrictas advertencias de Dédalo de no volar demasiado bajo para que el rocío del océano no empapara las alas, ni demasiado alto para evitar el calor abrasador, Ícaro se dejó llevar por la euforia y la libertad del vuelo, acercándose peligrosamente al sol hasta que la cera se derritió, haciéndolo caer trágicamente hacia su muerte en las profundidades. Como dato curioso, la geografía real aún conserva el eco de este antiguo relato, ya que la zona del mar Egeo donde la leyenda sitúa su fatídica caída fue nombrada para la eternidad como el Mar Icario, y la pequeña isla griega más cercana a la tragedia fue bautizada como Icaria en su honor.